viernes, 2 de diciembre de 2016

La solterona


A mi amiga Lu por sugerirme este relato.



Tan bonita y tan arisca esa muchacha. Usa un perfume caro que le traen de la capital y que deja a todos hipnotizados cuando pasa. Los muchachos del pueblo andan como moscas detrás del pastel. Pero la nana no le pierde ni pie ni pisada. Como una sombra la sigue día y noche. Es importante mantener la honra de la niña a buen recaudo. Y Guillermina es como un perro de presa, siempre dispuesta a saltar al cuello de quien se atreva a acercarse a la doncella.

Tan linda y tan distante la jovencita. Jamás dedica una sola mirada a sus admiradores, ni de soslayo. Camina erguida, el mentón levantado, altiva, sabiéndose deseada por los hombres y envidiada por las otras mozas del pueblo. Ellos se babean y ellas cuchichean: que si tiene la espalda demasiado recta, que si la nariz es un poco ganchuda, que si tiene los pies grandes, que si el pelo está un poco descuidado. Y la guardiana detrás, espantando a los moscones con su mirada bizca y su boca torcida. Nunca se casó la Guillermina. Es tan fea que a su paso los perros aúllan y los hombres cruzan a la acera de enfrente. Pobre mujer, ni para vestir santos se quedó porque el cura la rechazó sin demasiadas explicaciones cuando ella se ofreció para ayudarlo en la parroquia.

“Ahí van la bella y la bestia”, se atreven a comentar algunos en voz baja pues dicen las malas lenguas que la vieja hace brujerías. Don Enrique la contrató porque no creía en habladurías y estaba seguro de que la fealdad de aquella mujer mantendría a raya a todos los que suspiraran por su tesoro, la niña de sus ojos, su único retoño. Viudo y rico, Azucena es la luz de la casa y lo que más quiere en el mundo. Aspira para ella un hombre culto, adinerado y maduro que la cuide cuando él ya no esté en este mundo. Agustín, el concejal, es el candidato perfecto pero Azucena tuerce la boca cada vez que lo ve. Le parece un hombre siniestro que huele a naftalina.

Tan bonita como una flor que abre sus pétalos a la luz y custodiada por el Ángel Exterminador. Dicen los del pueblo que la vieja fue la culpable de que la niña cumpliera los treinta sin casarse. Las primeras canas brotaron como malas hierbas entre sus cabellos cobrizos. Guillermina corrió a la botica a buscar un tinte pero Azucena se negó a usar aquel invento que olía tan mal. La sombra de la vieja la fue apagando, se fue enquistando en la piel de la muchacha hasta marchitarla. Dicen que le da brebajes para dormir, unos cocimientos de hierbas que ella misma planta y que, según Guillermina, curan todos los males.  Lo cierto es que cada día la muchacha pasa más tiempo dentro de casa. Aunque haga un día precioso, Azucena prefiere quedarse envuelta en un chal, meciéndose a oscuras en el salón de la casona.

El mismo día que cumplió los treinta y tres, su padre murió de un ataque al corazón. Azucena se encerró en su tristeza y, vestida de negro, se pasea como un alma en pena por toda la casa. Le prohibió a Guillermina abrir las ventanas. Apenas comía, así que la nana, alarmada, fue a buscar al médico del pueblo. Al regresar a la casa, la joven había desaparecido. Pobre Azucena, tan bonita y solterona. Dicen los del pueblo que los brebajes de la vieja la hicieron perder el juicio y que se escapó con un camionero borracho que se la llevó a un burdel de la capital, que la bruja cultiva plantas carnívoras que engulleron a la niña como si fuera un insecto, que la vieja le ha robado el alma y ha enterrado su cuerpo en el patio interior.

Habladurías o no, lo cierto es que nunca más  se supo de la niña bonita, tan arisca, tan ausente, tan lánguida. Sufrida y pura como una virgen se la tragó la tierra roja del pueblo, o tal vez está abonando los príncipes negros que crecen en el patio de la casa familiar. Ahora Guillermina es la que va de luto riguroso y pasa las horas hablando con el viento y preguntando a sus muertos si han visto a su niña Azucena. Pobre mujer, solterona y fea, unos la llaman loca; otros, bruja. Lo cierto es que todos los días, cuando el sol se apaga, ella se sienta en una mecedora en el patio y abraza una muñeca, envuelta en una sabanita bordada con punto de cruz, mientras le canta una vieja canción de cuna.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 24 de noviembre de 2016

Tu vuelo y mis alas


A mi amiga Ángeles, mariposa para siempre.



Casi a diario la veía. Daba igual si estaba cerca del mar o en las cumbres; en el barranco, en el pinar o en una calle céntrica de la ciudad. Lo cierto es que ella aleteaba cerca y depositaba sobre su melena larga un polvillo que la hipnotizaba y la hacía creer que cada sueño era tangible. Se convirtieron en compañeras inseparables. No importaban las tormentas ni el sol que rajaba las piedras. La mariposa siempre venía cuando ella la necesitaba. Amalia contemplaba fascinada aquel vuelo elegante y la manera peculiar de posarse sobre unas florecillas blancas que crecían silvestres en el jardín. Cada color parecía dibujado cuidadosamente sobre sus alas. Ella era la reina y aunque no sabía cantar como los pájaros, su rítmico aleteo hacía que el viento entonara una dulce melodía.

De tanto contemplar las acrobacias de la mariposa, Amalia aprendió a volar. Cierto día gris de otoño mientras caminaba distraída por la orilla del mar buscando caracolas, la mariposa danzaba divertida sobre el oleaje. Amalia se asustó pensando que se hundiría pero ella, viendo el miedo reflejado en los ojos de su amiga, dejó de juguetear con la espuma, se acercó y se posó sobre la blusa de la muchacha. Allí se quedó, adormilada, aleteando suavemente como si quisiera abrazarla. Amalia se quedó tan quieta que olvidó respirar; la brisa del mar acariciaba sus cabellos sueltos y, de repente, sin darse cuenta, sus pies abandonaron la arena. La mariposa se desprendió de su blusa y la invitó a revolotear sobre las olas. Ella no se lo podía creer y comenzó a reír y a cantar. El polvillo mágico de aquellas alas la había convertido en un hada. Las gaviotas y otras aves marinas se acercaron a curiosear. Las nubes, cargadas de aguaceros, vinieron sigilosas a contemplar el espectáculo. Y Amalia no paraba de reír y de cantar. Ese día supo que el cielo era infinito y junto a su amiga se sintió libre y dichosa.

Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 21 de noviembre de 2016

Caricias virtuales




Él tecleó un nombre de mujer en el ordenador y ella sintió su aliento en la nuca. Al otro lado del mundo, ella cerró los ojos y rozó levemente las teclas antes de escribir los primeros versos. Enter. Mientras él leía el poema, instintivamente tocó con la punta de los dedos su foto de perfil. A más de siete mil kilómetros ella sintió ese cosquilleo en la boca del estómago y cientos de mariposas colonizaron la habitación. Ella tecleó nuevos versos, los observó con cierto pudor y se mordió el labio inferior. Enter. Él echó la cabeza hacia atrás y disfrutó de la reciente caricia. Unas manos de dedos muy finos masajeaban su espalda y luego se adentraban en su pelo ondulado. Abrió los ojos y se perdió en los labios de aquella mujer que lo miraba sonriente desde la pantalla. Ella dejó de teclear y aceptó los besos y las caricias. En medio de la fiesta de gemidos, él pulsó accidentalmente la tecla Delete y se hizo un silencio sepulcral. Angustiado, intentó recuperarla pero ella había desaparecido sin dejar rastro. Comprendió entonces las desventajas del mundo virtual, sobre todo cuando los dedos tocaban la tecla equivocada.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 17 de noviembre de 2016

El abrazo




Cada vez que el cielo se encapotaba Amalia necesitaba un abrazo. Recordó aquel rayo que cayó en el patio de la vecina cuando tenía apenas diez años y su piel se estremeció. Primero fue una luz intensa como si el mundo se fuera a hacer añicos. Luego, el ruido ensordecedor mezclándose con el grito de su madre. El abrazo de la abuela la salvó del pánico que intentó colarse en su alma. La imagen de Santa Bárbara con su manto rojo era una garantía durante las tardes de tormenta. No faltaban allí las velas, los rezos y las rosas rojas. A ella se encomendaban todos cada vez que el cielo se iluminaba. Amalia se había inventado una plegaria y la repetía como una letanía. La abuela le susurraba una historia mientras la abrazaba. Era su manera particular de rezar y de consolarla.

Los nubarrones parecían a punto de estallar y Amalia buscó a tientas el abrazo. Las primeras gotas cayeron sobre el suelo reseco y el olor a tierra mojada activó cada uno de los recuerdos. Aquella tarde, el rayo arrancó de cuajo el árbol más longevo del parque del pueblo. Luego, la lluvia azotó los tejados, inundó las calles y lavó las aceras. Los chiquillos chapoteaban eufóricos e invitaban a Amalia a meterse en los charcos. Ella sonreía y negaba con la cabeza. Desde el portal de la casa familiar aspiraba el olor a hierba mojada y contemplaba los barcos de papel que navegaban sin brújula y sin destino. Amalia volvió a ver los rayos como serpientes engullendo el horizonte. Cerró los ojos y buscó la mirada temerosa de su madre y el abrazo de la abuela. Le pidió a Santa Bárbara que todo volviera a ser como antes. Pero el árbol yacía sobre el suelo, las ramas desperdigadas, el nido del sinsonte roto y una niña de diez años, arrodillada junto al tronco caído, la miraba asustada mientras se inventaba una plegaria que la salvara del olvido.

Belkys Rodríguez Blanco ©   

domingo, 6 de noviembre de 2016

Remiendos inútiles




No se puede remendar el sosiego cuando se llena de agujeros. El hilo se pudre, la aguja se tuerce y tiembla el pulso cuando intentas tapar los pedazos de piel que se quedan a la intemperie.

No se puede zurcir el alma cuando el dolor la rasga. Cada trozo tiene vida propia y se pierde en los laberintos de la sinrazón. Huyen de la lógica, de las puntadas y de la locura.

No es posible unir tantas piezas sueltas. Es un rompecabezas de islas que flotan a la deriva sobre un océano indiferente.

Belkys Rodríguez Blanco©

jueves, 3 de noviembre de 2016

Carne de perro




Dicen que tiene carne de perro. Aunque el corte sea profundo, duela la herida y sangre el alma, cicatriza durante la noche, allí donde la soledad la acoge. En las madrugadas, cómplices del insomnio, el lamento se refugia en su cubil y se queda callado justo antes del amanecer. La frialdad de la luna menguante la amansa, la arropa y ella se rinde en los brazos del delirio; acepta la herida y el abandono.

Cuentan que va devorando cada pena, que cada latido la mantiene alerta y que, en su agonía,  el aullido traspasa los muros invisibles de la piel y de los labios. Ni una sola palabra la delata; anda en silencio, al filo de la madrugada; los párpados insomnes son su refugio; los recuerdos, la peor tortura. Nadie lo sabe, nadie la compadece, nadie la sostiene en la caída.

Carne de perro en los sentidos. El dolor es ciego, indiferente, punzante; corre ligero sin piernas; vuela bajo como cuervo agorero; cicatriza en la mirada, en las manos que tantean la mitad del lecho vacío. Las lágrimas bajan sigilosas por el borde de la navaja; el dolor es sordo y lame la herida con cautela; mudo se queda, agazapado, hambriento, aceptando el corte, sanando contra todo pronóstico.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 1 de noviembre de 2016

La punzada del guajiro




Cuando Amanda tomaba helado le daba la punzada del guajiro, igualito que cuando él la miraba. Era un dolor agudo y penetrante que la aguijoneaba desde el cuello hasta la cabeza. Eso solo le sucedía a la gente de campo que, sin costumbre de beber cosas frías, las tomaban muy rápido y luego sufrían el enfriamiento. A ella, además, se le nublaba la vista y le sudaban las manos. Sin importarle la desagradable sensación, cada tarde Amanda se acercaba al puesto del heladero y pedía un sorbete de mango. Sabía que él estaría merodeando por allí, junto a todos los que suspiraban por ella.

Nadie lo entendía. Julio era feo como el culo de una gallina prieta. Tenía la nariz ganchuda y los ojos saltones. Era flaco y desgarbado y, para colmo, tenía la cara llena de granos. Amanda, en cambio, era hermosa como una noche estrellada en la campiña. Alta y morena, parecía una diosa criolla, de esas que cuando exhibían sus curvas por las calles del pueblo le quitaban el hipo al más pinto de la paloma.

Los muchachos del barrio se peleaban por ella. A más de uno tuvieron que llevarlo al policlínico con un corte en la mejilla. Amanda era la manzana de la discordia y, en su fuero interno, eso le gustaba. “Demasiados gallitos revoloteando cerca de ti, y todos desplumados”, le decía su abuela, una mujer de campo que se las sabía todas. A los cuarenta años ya había enviudado tres veces y parido nueve hijos. Los hombres del pueblo huían de ella como el diablo de la cruz. Decían que tenía un carácter endemoniado y que sus tres maridos habían muerto en extrañas circunstancias.  

Amanda se quedó huérfana a los cinco años y su abuela la acogió en la casona de la finca El Sopapo. Todos recalaban allí: hijos, nietos y bisnietos. Doña Esperanza hacía el mejor arroz con pollo de toda la provincia Habana. Decían que sus caldos eran capaces de resucitar a los muertos. A todos, menos a sus tres maridos difuntos. A sus casi ochenta y ocho años, trabajaba en el campo de sol a sol y cocinaba cada día para un regimiento. Amanda era la niña de sus ojos. La anciana cuidaba a su nieta igual que una perra recién parida a sus cachorros. En sus sueños la veía casada con un concejal o un banquero. La muchacha, inteligente y hermosa, era la esperanza de la familia.

Dice la canción que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Un domingo de verano, Amanda se acercó al puesto de helados como casi todas las tardes. Había tanto calor que ni los pájaros cantaban. Una calma chicha envolvía al pueblo y el sol derretía el asfalto. Como siempre, pidió su sorbete de mango. Frente a la heladería revoloteaban como zánganos más de diez adolescentes del barrio. Entre ellos estaba Julio, el Cara de Baches, mirando embobado a la muchacha. Amanda cruzó la calle y se acercó al grupo. Todos se callaron y aguantaron la respiración.

La diosa criolla enfiló hacia Julio que en ese momento temblaba como un flan. Sin pensárselo dos veces, lo besó apasionadamente en los labios. Él sintió cómo un trocito de helado con sabor a mango madurito se colaba entre sus dientes apretados y bajaba por su garganta. Ante las miradas atónitas de los chicos, Amanda lo cogió de la mano y lo invitó a dar un paseo. El muchacho, mudo y con los ojos fuera de sus órbitas, se puso muy pálido y cayó al suelo como un pollo al que le han retorcido el pescuezo. Ella, avergonzada y ofendida, le dio la espalda y salió corriendo. En la salida del pueblo tuvo que parar para recuperar el aliento. Todavía llevaba en la mano el barquillo con un trocito de helado prácticamente derretido. Lo tiró al suelo con rabia y encaminó sus pasos a la finca El Sopapo.

Un par de años después, en la noche de bodas, Julio le confesó a su mujer que aquella fatídica tarde de verano había sufrido un desmayo por culpa de la punzada del guajiro. Cuando el trozo de sorbete llegó a su garganta le produjo tal dolor que se quedó sin aliento y cayó al suelo como un pollo derrotado. El destino se había burlado de los sueños y los deseos de la abuela. Amanda se casó con el muchacho más feo del pueblo. Ni concejal ni banquero. Julio había sido pescador y ahora tenía un pequeño puesto de sorbetes frente a la glorieta del parque del pueblo de San Antonio. La abuela murió por culpa de un atracón de helado de chocolate dos meses antes de que se celebrara el enlace. Era la primera vez que probaba algo frío. Unos dicen que la mató el disgusto; otros que sus tres maridos vinieron a buscarla para hacerle un favor a la muchacha. Lo cierto es que una punzada en la garganta puede ser muy peligrosa. Solo los guajiros que se aventuran a probar un helado o un durofrío lo saben. Y si viene acompañada del amor o del resentimiento, peor todavía.

Belkys Rodríguez Blanco ©