sábado, 11 de febrero de 2017

Mariposa bajo la lluvia




Los nubarrones bajaron por fin a abrazar las montañas. Las finas gotas se deslizaron sigilosas entre las ramas y las piedras. La tierra tenía sed y por eso no podía descansar. Sus párpados rojizos y abiertos como ventanas al viento, añoraban la lluvia y suplicaban al cielo. Las nubes se compadecieron de su desesperación y poco a poco fueron desabotonando sus grises faldas y dejaron caer sobre el suelo cuarteado unas cuantas gotas danzarinas.

La mariposa temblaba debajo de una hoja de laurel que, en cualquier momento, se quebraría por el peso del agua. Con las alas mojadas no podría volar. Apesadumbrada, se abrazó al tronco del árbol y esperó lo inevitable. Triste destino, pensó, y añoró el sol y el cielo despejado. Maldijo la lluvia sin pensar en la alegría de la tierra y de tantas criaturas que morían de sed a su lado. Resignada, cerró los ojos mientras las gotas iban empapando la fragilidad de su cuerpo.

“Despierta y ven a celebrar el milagro del aguacero”, un lagarto la zarandeaba y le hablaba a grito pelado. “Soy una mariposa, tonto, y si me mojo jamás podré volar”, respondió ella con un hilo de voz. “Eso no es un problema, tengo algo que te protegerá”. El reptil salió disparado y regresó con un enorme paraguas de color verde que tenía pintados unos ojos de sapo y una boca grande y sonriente. Aún temblorosa, la grácil criatura dejó de cobijarse bajo el laurel y, por primera vez, desplegó sus alas y fue feliz revoloteando bajo el aguacero invernal.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 6 de enero de 2017

Conversación con una mariposa




La muchacha más linda del pueblo se marchó callada, en puntillas y con su eterna sonrisa en la mirada. Echo de menos tu voz, la bondad en tus ojos y esa risa sincera y contagiosa que aún resuena en mis recuerdos.

Quiero tararear aquella canción que tanto te gustaba pero el dolor me ronda como felino insaciable y las lágrimas empañan la mañana soleada en una isla que no es tu isla. “Valle plateado de luna, sendero de mis amores. Quiero cantarle a las flores el canto de mi montuna”. Así le cantabas a tu playerito, al hombre apuesto y galante que se hizo a la mar y fue pescador y marinero. El amor de tu vida, el pintor que llenó de colores cada día de tu existencia.

Mi mariposa azul en el salitre y la espuma. Revoloteas sobre las olas de una playa que recorro cada día buscando tu rastro, tu risa, las caricias de mi infancia, el dulce aroma de tu pelo blanco, el limonero del patio, el olor a café recién colado, las novelas en la radio, la lluvia cálida sobre el tejado, el sonido del trueno en la distancia, los interminables campos de caña, tus manos laboriosas sobre el tejido, Penélope caribeña, la eterna melodía dedicada al abuelo en tus labios.

Me dejo envolver en el arrullo de tu aleteo, en el último te quiero, en la generosidad de tu alma, en tu vuelo silencioso sobre estas costas donde ahora habito, añorando las mías, implorando tu abrazo, intentando reconciliarme con la ausencia.

A la memoria de mi abuela Elita.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 30 de diciembre de 2016

Desidia




Se refugió dentro de sí mismo y el tiempo se le enquistó en el alma. Los minutos y las horas se diluyeron lentamente en un río de aguas apacibles y traicioneras. Se quedó sin latidos y la vida se volvió escurridiza en la espera. Se acurrucó indefenso en el regazo de la desidia y allí lo sorprendió el alba, contemplando el techo, los ojos enrojecidos, los brazos cruzados sobre el pecho, los sueños desparramados por el suelo, la respiración agonizante. Dentro de sí mismo encontró ese raro sosiego que antecede la muerte. Los amaneceres se quedaron sin motivos. Las noches lo invitaron al cansancio. La vida exhaló un suspiro de alivio dentro de aquellas cuatro paredes. La desidia lo convirtió en marioneta y movió sus hilos hasta el borde del abismo. Y allí se quedó, contemplando resignado el último día de su anodina existencia.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 17 de diciembre de 2016

Acto final




El disparo arrancó un grito a la tarde moribunda. Cansado de ausencias y naufragios el hombre se adentró en la noche como una sombra azarosa. En sus fauces  encontró el sosiego y un lugar para disimular su nostalgia. Aferrado a todos los recuerdos se despojó del miedo y del desamparo. Hundido en la oscuridad durmió ese sueño que algunos llaman eterno. Y en la eternidad regresó a la inocencia, a esos días en que su madre lo acunaba y lo protegía de las pesadillas. Ahora está solo frente al telón que baja ajeno al eco de antiguos aplausos. Solo en el acto final, en el silencio de un teatro vacío. Desnudo, los ojos fijos en la frialdad del suelo y una sonrisa de despedida en la palidez de los labios. Solo avanza hacia la salida, los brazos extendidos a la noche que engulle por fin su tristeza.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 16 de diciembre de 2016

El dictador navideño



La Navidad es una época bonita desde el punto de vista de los niños inocentes, pero pocos saben la verdad. Casi nadie sabe realmente qué es lo que pasa cada año en la fábrica del viejo barbudo. Miles y miles de duendes son explotados laboralmente en contra de su voluntad, trabajando con horarios abusivos; todo por salarios míseros y, en algunos casos, inexistentes. El tirano de Papá Noel maneja a su antojo a las familias de duendes. Muchos han intentado huir pero pocos lo han conseguido.
 
Todavía estamos a tiempo de concienciar a la gente del abuso que sufren estos seres. Si los gobiernos no se unen y acaban con esta tragedia, podríamos estar ante la mayor crisis de duendes refugiados de toda la historia. Ayúdanos a acabar con esta injusticia. Antes de pedir algo por Navidad piensa en una pobre familia de duendes, a la que obligan a fabricar algo que tú has pedido por capricho.
Por: Diego Lozano Rodríguez

jueves, 8 de diciembre de 2016

La palabra ausente




Sonido esquivo que se aferra a la ausencia y aletea efímero, escurridizo. Es solo un tenue recuerdo que se marcha con el último destello de la tarde. Se aleja sin mirar atrás, sin resentimientos, sin culpas, distraído y cabizbajo. Palabra que no acude a la cita con los labios; murmullo atrapado en el grito que oculta la garganta. Solo él sabe lo que calla; solo él conoce los entresijos del silencio. Solo él sabe por qué se queda agazapado y tembloroso detrás de una mirada.

Belkys Rodríguez Blanco ©

viernes, 2 de diciembre de 2016

La solterona


A mi amiga Lu por sugerirme este relato.



Tan bonita y tan arisca esa muchacha. Usa un perfume caro que le traen de la capital y que deja a todos hipnotizados cuando pasa. Los muchachos del pueblo andan como moscas detrás del pastel. Pero la nana no le pierde ni pie ni pisada. Como una sombra la sigue día y noche. Es importante mantener la honra de la niña a buen recaudo. Y Guillermina es como un perro de presa, siempre dispuesta a saltar al cuello de quien se atreva a acercarse a la doncella.

Tan linda y tan distante la jovencita. Jamás dedica una sola mirada a sus admiradores, ni de soslayo. Camina erguida, el mentón levantado, altiva, sabiéndose deseada por los hombres y envidiada por las otras mozas del pueblo. Ellos se babean y ellas cuchichean: que si tiene la espalda demasiado recta, que si la nariz es un poco ganchuda, que si tiene los pies grandes, que si el pelo está un poco descuidado. Y la guardiana detrás, espantando a los moscones con su mirada bizca y su boca torcida. Nunca se casó la Guillermina. Es tan fea que a su paso los perros aúllan y los hombres cruzan a la acera de enfrente. Pobre mujer, ni para vestir santos se quedó porque el cura la rechazó sin demasiadas explicaciones cuando ella se ofreció para ayudarlo en la parroquia.

“Ahí van la bella y la bestia”, se atreven a comentar algunos en voz baja pues dicen las malas lenguas que la vieja hace brujerías. Don Enrique la contrató porque no creía en habladurías y estaba seguro de que la fealdad de aquella mujer mantendría a raya a todos los que suspiraran por su tesoro, la niña de sus ojos, su único retoño. Viudo y rico, Azucena es la luz de la casa y lo que más quiere en el mundo. Aspira para ella un hombre culto, adinerado y maduro que la cuide cuando él ya no esté en este mundo. Agustín, el concejal, es el candidato perfecto pero Azucena tuerce la boca cada vez que lo ve. Le parece un hombre siniestro que huele a naftalina.

Tan bonita como una flor que abre sus pétalos a la luz y custodiada por el Ángel Exterminador. Dicen los del pueblo que la vieja fue la culpable de que la niña cumpliera los treinta sin casarse. Las primeras canas brotaron como malas hierbas entre sus cabellos cobrizos. Guillermina corrió a la botica a buscar un tinte pero Azucena se negó a usar aquel invento que olía tan mal. La sombra de la vieja la fue apagando, se fue enquistando en la piel de la muchacha hasta marchitarla. Dicen que le da brebajes para dormir, unos cocimientos de hierbas que ella misma planta y que, según Guillermina, curan todos los males.  Lo cierto es que cada día la muchacha pasa más tiempo dentro de casa. Aunque haga un día precioso, Azucena prefiere quedarse envuelta en un chal, meciéndose a oscuras en el salón de la casona.

El mismo día que cumplió los treinta y tres, su padre murió de un ataque al corazón. Azucena se encerró en su tristeza y, vestida de negro, se pasea como un alma en pena por toda la casa. Le prohibió a Guillermina abrir las ventanas. Apenas comía, así que la nana, alarmada, fue a buscar al médico del pueblo. Al regresar a la casa, la joven había desaparecido. Pobre Azucena, tan bonita y solterona. Dicen los del pueblo que los brebajes de la vieja la hicieron perder el juicio y que se escapó con un camionero borracho que se la llevó a un burdel de la capital, que la bruja cultiva plantas carnívoras que engulleron a la niña como si fuera un insecto, que la vieja le ha robado el alma y ha enterrado su cuerpo en el patio interior.

Habladurías o no, lo cierto es que nunca más  se supo de la niña bonita, tan arisca, tan ausente, tan lánguida. Sufrida y pura como una virgen se la tragó la tierra roja del pueblo, o tal vez está abonando los príncipes negros que crecen en el patio de la casa familiar. Ahora Guillermina es la que va de luto riguroso y pasa las horas hablando con el viento y preguntando a sus muertos si han visto a su niña Azucena. Pobre mujer, solterona y fea, unos la llaman loca; otros, bruja. Lo cierto es que todos los días, cuando el sol se apaga, ella se sienta en una mecedora en el patio y abraza una muñeca, envuelta en una sabanita bordada con punto de cruz, mientras le canta una vieja canción de cuna.

Belkys Rodríguez Blanco ©