sábado, 27 de agosto de 2016

La herida


Fue a lamerse las heridas en un rincón de la noche. La luna no lo acompañó esta vez. En solitario gimió por la ausencia de las caricias. La noche, indiferente, miró con disimulo hacia otro lado. No hubo preguntas ni respuestas. Solo el guiño cómplice del silencio. Extenuado, se durmió cuando el amanecer comenzó a desgarrar la oscuridad. Los tímidos destellos de la mañana lo sorprendieron abrazado al último recuerdo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 23 de agosto de 2016

Sombras y amaneceres


Cobíjate bajo tu sombra si te hace falta y bajo la de aquel árbol de tu infancia, si la que proyecta tu alma no es suficiente. Camina despacio y deja que la soledad te haga un guiño cómplice o una mueca, da igual, la arena mojada bajo tus pasos  será el remedio para las penas. Deja al salitre hacer su trabajo. La sal en la herida escuece en la misma medida que cura. Observa atentamente a la gaviota que se deja llevar por las corrientes de aire, con las alas quietas y la mirada avizora. Luego se lanza en picado  en busca de una quimera para emerger más tarde, con premio o sin él. Regresa siempre de lo profundo del abismo y vuelve a planear sobre el mismo océano que lame tus pies y tus dudas. Quédate bajo tu sombra solo el tiempo suficiente para darte cuenta de que la luz te espera para amanecer de nuevo en las costas de siempre.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 20 de agosto de 2016

Manchitas

A mi amiga Gabi por su generosidad y a Manchita, por supuesto.


“Cuando usted abandona un perro porque “ya no le sirve”, sus hijos aprenden la lección. Quizás hagan lo mismo con usted cuando sea un anciano”.
Konrad Lorenz

Lo vi mientras conducía. Estaba en la acera, mirando a un lado y a otro. Supuse que se había perdido o que lo habían abandonado. Luego, comenzó a caminar junto a un grupo de padres y niños que se dirigía al colegio. Continué detrás de la larga fila de coches y pensé que no volvería a verlo. Me despedí de mi hijo en la puerta de la escuela y me dispuse a regresar a casa. Pensé en él mientras escuchaba la radio. Ahora solo había coches que intentaban sortear el atasco y unos pocos transeúntes. “Tal vez ha encontrado el camino a casa. Seguro que estará ahora junto a la persona que lo cuida y que lo quiere”, imaginé mientras avanzaba lentamente, intentando dejar una calle secundaria y salir a la autovía.
Me había equivocado. Volví a verlo, cruzando la avenida, en dirección al aparcamiento. “Sigue, no debes dejar el coche en medio de la calle y el estacionamiento está lleno; igual no puedes hacer nada; comienza el verano y los verás por todos lados: en las aceras, en los parques y, en el peor de los casos, vagando desorientados por la autopista. Si te detienes y lo miras a los ojos, querrás abrazarlo, pedirle perdón por el sinvergüenza que lo dejó en la calle y se te echará encima un conflicto. Sabes que no puedes llevártelo a casa. Ya tienes suficiente con tus problemas”.
Los argumentos tenían peso, pero mi corazón testarudo dio un volantazo y busqué un sitio donde aparcar. Mientras intentaba dar con él, pensé con nostalgia en Mofli, Cuca, Bim, Chichita y Negrita. Todos vivieron en la casa de mis padres y llenaron nuestros días de amor incondicional y de instantes inolvidables. Todos fueron rescatados de la calle y adoptados. Perros sin pedigrí o “satos”, como los llama mi padre. Sin embargo, eran fuertes, cariñosos, inteligentes, fieles; el agradecimiento en la mirada; el amor que se demuestra sin palabras; sentimiento genuino de alguien que te puede salvar la vida a cambio de una única recompensa: el afecto.
Lo encontré en el paseo peatonal, corriendo asustado mientras otros perros que paseaban arropados por sus dueños le ladraban. Algunas personas se detuvieron para compadecerse y me confirmaron que él estaba solo. Unos pocos intentaron acercarse, pero él esquivaba cualquier tipo de roce. Evidentemente no confiaba en los seres humanos. Se me ocurrió que la única manera de lograr una aproximación sería ofreciéndole algo de comer. Así que, compré un bocadillo en una cafetería y salí a buscarlo.
Estaba tumbado en la acera, con la cabecita apoyada en sus patas delanteras. Me acerqué despacio y le hablé bajito. Se levantó y comenzó a acercarse, cauteloso, atraído por el olor de la comida. Pero, de repente, algo llamó su atención y salió disparado mientras movía alegremente la cola. Al parecer, aquel chico joven que le hablaba y le sonreía era su dueño. Me sentí aliviada. Mi pequeño vagabundo no estaba solo. Sin embargo, me había equivocado. El muchacho era tan solo un amigo ocasional que de vez en cuando le daba de comer y un poco de cariño.
Al día siguiente, mientras acompañaba a mi hijo al colegio, volví a verlo. Otra vez caminaba detrás de un enjambre de chiquillos risueños y parlanchines. Alzaba el hocico intentando, quizá, que la brisa matinal le trajera algún olor conocido y movía la cola ante la prisa indiferente de los padres que, esa hora de la mañana, se disponían a despedirse de sus hijos e irse al trabajo. Ese mismo día le escribí a una amiga que tenía perros adoptados, para pedirle el número de teléfono de alguna asociación de ayuda a los animales. Si no podía recoger a Manchitas, por lo menos intentaría buscarle un hogar.
Claro, he olvidado describir a mi pequeño vagabundo: flaco, más bien pequeño; blanco, con manchas color caramelo y una mirada dulcísima, de ojos castaños, generosos y profundos que me cautivaron desde el primer encuentro. Aunque probablemente no vuelva a verlo, jamás olvidaré aquella mirada.
Podría terminar esta historia con un happy end, como esos finales en los que el narrador dice: “y vivieron felices para siempre”; decir que decidí adoptarlo o que alguien lo hizo por mí y ahora Manchitas tiene un hogar donde lo tratan con respeto y cariño. Pero, esto no es un cuento de hadas. Es una historia real desde la primera hasta la última palabra. Lo cierto es que volví a verlo un día más, adormilado en el paseo peatonal, cerca de una cafetería donde la gente charlaba animadamente entre cafés y bocadillos. Mi hijo había salido del colegio y yo había traído unas salchichas para dárselas juntos. Manchitas olfateó la comida pero, al parecer, no tenía hambre. Nos miró agradecido, se dejó acariciar y continuó su siesta. Recuerdo que mi hijo, a pesar de mis argumentos, se enfadó mucho porque quería, de todas maneras, llevárselo a casa. Le prometí que mientras buscábamos una solución, le llevaríamos comida todos los días y le daríamos un poco de cariño y compañía. No pude convencerlo. Para un corazón infantil los razonamientos son más simples y también más profundos. Fue la última vez que vimos a Manchitas.
Me acuerdo de él cada vez que atravieso el paseo peatonal. El otro día me pareció verlo, con sus manchas color caramelo, su mirada intensa, agradeciéndonos aquel leve roce. Asomaba su cabecita por la ventanilla de un coche, olfateando un mundo caótico donde a veces es posible la ternura. Sentí nostalgia y alivio. Quería, necesitaba que fuera él. Así somos los humanos adultos, siempre dispuestos a encontrar un argumento convincente que nos exima del sentimiento de culpa.

Nota: Esta crónica fue escrita en julio del año 2010 y publicada en el periódico digital Canarias al Día. Ya Gabi había recogido a Manchita, el Tierno y a Azabache, la Bella, dos adorables criaturas que malvivían en una comunidad de gitanos. Manchita se marchó al cielo perruno después de vivir catorce años al lado de ella y de Andrés: dos personas generosas que lo cuidaron con muchísimo amor. Azabache, madre de Manchita y muy mayor ya, lo echa de menos y cada día va hasta el sitio donde está enterrado. Allí se queda tumbada, soñando con él y aspirando el olor del campo cántabro. Mi hijo, casi un hombre ya, ha sido voluntario en un refugio canino y si me despisto me llena la casa de perros abandonados. Estoy muy orgullosa de su buen corazón. Mis padres me transmitieron el amor y el respeto por los animales y creo que yo he hecho lo mismo con él. Dos criaturas de cuatro patas conviven con nosotros hoy. Fueron rescatadas de la calle. Tenemos poco espacio y poco dinero, pero el amor que vemos en sus ojos cada día al despertarnos hace que el mundo se convierta en un sitio más amable.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 18 de agosto de 2016

La decisión de Amanda


Mientras ella lloraba su ausencia, él invitaba a sus amigos a una noche loca de marcha en un bar de la ciudad. Ella no lo sospechaba o quizás lo intuía, pero prefería seguir creyendo en el cuento de hadas que tanta veces leyó cuando era una niña. “Sé buena chica, Cenicienta, y tendrás zapatos de cristal y comerás perdices”, le oyó decir a la madrastra o a su psicólogo. No lo recuerda con exactitud porque la punzada en el alma era tan fuerte y la mentira tan burda que perdió el sentido y cayó rendida en los brazos de alguien que simulaba ser el príncipe azul. Decepcionada, Amanda se sacudió aquel mal sueño, se secó las lágrimas, cogió la guitarra y se puso a improvisar. Al carajo las calabazas que se convierten en carrozas y los ratones que se transforman en pajes. Ella no era Cenicienta y tampoco necesitaba un príncipe ni unos zapatos tan frágiles y costosos. Por eso, a las doce de la noche, dejó de componer letras tristes, se soltó la melena, se ató bien las zapatillas y se fue a hacer footing . Había aprendido que perder un zapato en el camino no le garantizaba encontrar el amor de su vida.


Belkys Rodríguez Blanco ©

domingo, 14 de agosto de 2016

La nube descarriada

A Sandra, Dani y Joaquín.


La nube negra perdió la noción del tiempo y del espacio y se dejó llevar por el viento cálido y húmedo. Sus hermanas, todas impolutas y fieles al redil, se avergonzaron de la nube descarriada y la enviaron al exilio. Ella, harta de remilgos y desplantes, se lanzó sin remordimientos a los brazos del cielo Atlántico. Después de un largo viaje, llovió sobre el océano y luego sobre una isla donde las montañas agonizaban desnudas, prisioneras de la sequía.

Desde su atalaya, Tomasa –así se llamaba aquel cumulonimbus indomable–, conoció a Barranco Seco y sintió pena. Solo piedras y tierra cuarteada cubrían el despeñadero. A duras penas, castigado por el sol inclemente, alzó la vista y en sus ojos suplicantes Tomasa pudo ver su sed ancestral. La nube descarriada experimentó un sentimiento desconocido: la piedad. Por eso, sin pensárselo dos veces, dejó caer sobre su nuevo amigo toda el agua que acumulaba en sus entrañas.

Tanta lluvia cayó aquel día sobre la isla que los barcos de papel salieron a la calle a festejarlo. Los niños gritaban y chapoteaban sin importarles la fuerza del agua que arrastraba todo a su paso. Barranco Seco, feliz, le mandó un beso voláo a Tomasa. Ella, ruborizada, le regaló las últimas gotas que le quedaban en su panza de burro. Ahora, completamente blanca y satisfecha, anda a la caza de aire cálido y húmedo para coger fuerzas y descargar nuevas tormentas sobre cualquier trozo de tierra sedienta. Orgullosa de su libertad, sobrevuela volcanes, roques y pinares, dueña y señora de su destino.


Belkys Rodríguez Blanco ©

lunes, 25 de julio de 2016

Plegaria


Sopla, Alisio, y manda a la calima de vuelta a la otra orilla. Tengo arena hasta en el ombligo y jamás he pisado el desierto. La garganta reseca pide silenciosa un aguacero. Envía el rayo, Changó. Sé generosa con los que sobreviven en otras costas. Que de cada nubarrón venga una cascada que sacie la sed de los sentidos. No te faltarán la miel, las manzanas y las rosas rojas ¡Lo juro por la tierra que quema las suelas de mis zapatos!

Yemayá, salpica la desnudez de mi cuerpo con tus gotas saladas. Apacigua esta piel reseca que arde y se consume en la agonía de los atardeceres ajenos. Déjame nadar en tu vientre como un pez extraviado. Cobíjame en el azul piadoso de tu manto. A cambio, te dejaré frutas frescas en la orilla, una paloma blanca, albahaca, lo que me pidas. Sopla, Alisio, empuja con ímpetu esta isla que se extingue en unas costas que no le pertenecen.


Belkys Rodríguez Banco ©

domingo, 10 de julio de 2016

El regreso


Vuelves callado y cabizbajo,
cabalgando sobre la espuma,
en tu corcel de algas, la espada atenta.
Llegas en puntillas a mis costas desnudas,
la tempestad acecha
y el horizonte navega a la deriva.
Tus manos trémulas me exploran,
en tu boca me hundo.
Despierto a oscuras y sin tu abrazo,
el torbellino me engulle.

Despacio deshojo cada sueño
y  lanzo sus pétalos al mar encrespado.
Entre conchas y peces la luna se oculta.
Y tú regresas guerrero,
de la penumbra y del abismo.
La tormenta y el trueno hieren la noche.
El escudo y la espada yacen sobre la arena,
tu sombra se aleja en su corcel de algas.
El mar es tu morada,
la tempestad mi destino.

Belkys Rodríguez Blanco ©