lunes, 26 de septiembre de 2016

La roca en su silencio



La frialdad acarició la roca sin lujuria, sin aspavientos. Ella se estremeció pensando en el abrazo truncado por el destino, en las noches solitarias de luna menguante, en la mueca infame del desamor.

La roca resistió el embate de las olas, la impiedad de los vientos, el aullido de la oscuridad y la indiferencia de la espuma. Asustada, se acurrucó en el regazo del silencio y allí se quedó inmóvil, sangrante.

Solo el tiempo se apiadó de ella y la despojó de asperezas, de memoria, de incertidumbre, de cicatrices. Ahora, el mar la arrulla, el viento la adormila, la oscuridad la arropa y la espuma la abraza antes de abandonarla a su suerte.

Belkys Rodríguez Blanco ©

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El hada incompleta y el duende juglar

Dedicado a todas las personas que escriben para niños. Espero que sepan perdonar mi atrevimiento.


Hace muchos años existió un hada que viajaba por el mundo buscando un duende que la acompañara en sus aventuras. Una tarde de tormenta, un rayo destrozó la casita de paja que colgaba de una de las ramas del castaño donde vivía. El impacto fue de tal magnitud que la pobre criatura se quedó inconsciente sobre la hojarasca durante unos minutos.

Al despertarse, se dio cuenta de que sus alas estaban quemadas y de que ya nunca más podría volar. Desconsolada, pensó que ahora era un hada incompleta y que lo mejor sería refugiarse en una madriguera de ratones abandonada. A pesar de la insistencia de sus amigos: los animalitos y los duendes del bosque, ella se negaba a salir de la cueva. Allí pasó todo el largo invierno.

Una tarde lluviosa, a principios de la primavera, mientras hacía la siesta, el hada escuchó asombrada una hermosa voz que entonaba una canción muy antigua. Sacó la cabeza por la boca de la madriguera pero no vio a nadie.

— Aquí arriba. Hola, soy el duende juglar. ¿Te he despertado?

— Pues sí. Has interrumpido mi siesta. Aunque debo decir que tienes una bonita voz —dijo el hada sin salir de su escondite.

— ¿Por qué estás metida en ese agujero? Hace un día precioso. Ven, súbete al árbol y te canto otra canción.

— No, odio los días lluviosos. Por culpa de un rayo perdí mis alas y ahora nunca más podré encontrar a…Bueno, eso no te importa. Adiós —se lamentó el hada.

— ¿Y solo por eso no sales de ese hoyo oscuro? Se supone que las hadas viven en los árboles —le respondió el duende juglar.

— ¿Cómo sabes que soy un hada? —preguntó ella sorprendida.

— Por el tono de tu voz. Soy un experto —diciendo esto, el duende soltó una enorme carcajada—. Si sales te contaré una historia maravillosa.

— ¡No!, márchate. Quiero estar sola —la última frase acabó en un sollozo.

— Pensé que las hadas eran valientes. Si dejas que te vea, te diré cómo encontrar la pócima mágica que te devolverá las alas — le aseguró el duende mientras bajaba del árbol.

La curiosidad y las ganas de recuperar lo perdido fueron más fuertes que su deseo de permanecer oculta. Poco a poco, el hada fue saliendo de su refugio y lo primero que vio fue un inmenso arcoíris que había nacido entre las nubes. Luego, sus ojos color miel tropezaron con una mirada diáfana. Había escampado y el bosque lucía un verde luminoso. El duende se acercó lentamente, con una amplia sonrisa trotando en su rostro pecoso.

— Para no tener alas, eres bastante bonita.

— Y tú, ¿por qué no tienes orejas, ni…—la frase se quedó 
en vilo y el hada sintió el calor en sus mejillas.

— ¿Pelo? Ah, es una vieja historia. Tú no eres la única que ha tropezado con un rayo; pero, como ves, yo salí peor parado.

— Lo siento, yo…he sido grosera. Te ruego que me perdones.

— No pasa nada, estoy acostumbrado. Casi todos piensan que soy un bicho raro, pero me da igual. Mis amigos me llaman el Desorejado y quieren fabricar unas orejas nuevas para mí. Les he dicho que me importa un rábano no tener orejas. Total, las que tenía eran enormes y también me criticaban por eso —dijo  el duende y soltó otra sonora carcajada.

— Las personas son crueles. Cuando alguien es diferente lo señalan con un dedo y murmuran —el hada habló con un hilo de voz y la vista clavada en el suelo.

— No, solo son tontas. No han aprendido que la belleza que verdaderamente importa está dentro de nosotros. Bah, peor para ellas. Yo me siento afortunado. Sobreviví al rayo, puedo andar, cantar, tengo buenos amigos y también puedo escuchar —el duende señaló divertido unos pequeños orificios a ambos lados de su cabeza.

— He sido estúpida y vanidosa. Solo vi la parte negativa de lo que me sucedió y por mucho tiempo me he sentido desgraciada e incompleta. ¡Enséñame a ser como tú! —le suplicó el hada mientras observaba su propia figura en los grandes ojos bondadosos de aquella fascinante criatura.

— No te aconsejo que te parezcas a mí. No tengo pelo, ni orejas y, además, ronco y me tiro pedos  —terminando la frase, el duende dio un salto y se subió a una rama del castaño.

El hada incompleta y el duende juglar rieron hasta que sintieron dolor en sus barrigas. Comenzó a caer una llovizna que anunciaba el comienzo de la estación de las flores y el canto de los pájaros. Los primeros botones bostezaron y estiraron tímidamente sus ramas. De un saco que tenía escondido entre las hojas del castaño, el duende sacó una sombrilla para que su hermosa dama no se mojara.

“Escucha el sonido de la lluvia; cierra los ojos e imagina unas alas enormes y transparentes; pega la oreja al árbol y escucha todas las historias mágicas que guarda en su interior. Abraza su tronco, siente su energía, su sabiduría, su amor”, el duende fue susurrándole al hada las palabras que iban naciendo de su corazón generoso. Ella, con la cabeza recostada a su hombro, se quedó profundamente dormida, con una sonrisa en los labios y estrenando unas alas enormes que los condujeron, a ambos, a lo más profundo del bosque recién lavado.


Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 10 de septiembre de 2016

Ella en su agonía


A solas con el pescador, la gaviota y el pez en su agonía. Las mareas se niegan a devolver los recuerdos. Se hundieron callados en las profundidades, abrazados a las conchas y los corales. En las rocas se enquistaron las palabras, frases premeditadas, caricias falsas. El grito campa a su antojo dentro del pecho y se niega a salir a la superficie.

A solas con los restos de tantos naufragios, maldiciendo la inocencia, pidiendo a las corrientes que se apiaden de ella y que arrastren de una vez las ausencias. Bajamar, pleamar, da lo mismo, las naves yacen quemadas y podridas en la indiferencia de las costas.

El pescador se enjuga un líquido salobre que quizá sea una lágrima. La gaviota con las plumas erizadas se lanza con rabia suicida contra la presa escurridiza. El pez moribundo da los últimos coletazos sobre las piedras. Ella en su agonía se retuerce entre mentiras camufladas, arenas movedizas, rezando al mar para que devore de una vez el grito que no claudica.


Belkys Rodríguez Blanco©

sábado, 27 de agosto de 2016

La herida


Fue a lamerse las heridas en un rincón de la noche. La luna no lo acompañó esta vez. En solitario gimió por la ausencia de las caricias. La noche, indiferente, miró con disimulo hacia otro lado. No hubo preguntas ni respuestas. Solo el guiño cómplice del silencio. Extenuado, se durmió cuando el amanecer comenzó a desgarrar la oscuridad. Los tímidos destellos de la mañana lo sorprendieron abrazado al último recuerdo.

Belkys Rodríguez Blanco ©

martes, 23 de agosto de 2016

Sombras y amaneceres


Cobíjate bajo tu sombra si te hace falta y bajo la de aquel árbol de tu infancia, si la que proyecta tu alma no es suficiente. Camina despacio y deja que la soledad te haga un guiño cómplice o una mueca, da igual, la arena mojada bajo tus pasos  será el remedio para las penas. Deja al salitre hacer su trabajo. La sal en la herida escuece en la misma medida que cura. Observa atentamente a la gaviota que se deja llevar por las corrientes de aire, con las alas quietas y la mirada avizora. Luego se lanza en picado  en busca de una quimera para emerger más tarde, con premio o sin él. Regresa siempre de lo profundo del abismo y vuelve a planear sobre el mismo océano que lame tus pies y tus dudas. Quédate bajo tu sombra solo el tiempo suficiente para darte cuenta de que la luz te espera para amanecer de nuevo en las costas de siempre.

Belkys Rodríguez Blanco ©

sábado, 20 de agosto de 2016

Manchitas

A mi amiga Gabi por su generosidad y a Manchita, por supuesto.


“Cuando usted abandona un perro porque “ya no le sirve”, sus hijos aprenden la lección. Quizás hagan lo mismo con usted cuando sea un anciano”.
Konrad Lorenz

Lo vi mientras conducía. Estaba en la acera, mirando a un lado y a otro. Supuse que se había perdido o que lo habían abandonado. Luego, comenzó a caminar junto a un grupo de padres y niños que se dirigía al colegio. Continué detrás de la larga fila de coches y pensé que no volvería a verlo. Me despedí de mi hijo en la puerta de la escuela y me dispuse a regresar a casa. Pensé en él mientras escuchaba la radio. Ahora solo había coches que intentaban sortear el atasco y unos pocos transeúntes. “Tal vez ha encontrado el camino a casa. Seguro que estará ahora junto a la persona que lo cuida y que lo quiere”, imaginé mientras avanzaba lentamente, intentando dejar una calle secundaria y salir a la autovía.
Me había equivocado. Volví a verlo, cruzando la avenida, en dirección al aparcamiento. “Sigue, no debes dejar el coche en medio de la calle y el estacionamiento está lleno; igual no puedes hacer nada; comienza el verano y los verás por todos lados: en las aceras, en los parques y, en el peor de los casos, vagando desorientados por la autopista. Si te detienes y lo miras a los ojos, querrás abrazarlo, pedirle perdón por el sinvergüenza que lo dejó en la calle y se te echará encima un conflicto. Sabes que no puedes llevártelo a casa. Ya tienes suficiente con tus problemas”.
Los argumentos tenían peso, pero mi corazón testarudo dio un volantazo y busqué un sitio donde aparcar. Mientras intentaba dar con él, pensé con nostalgia en Mofli, Cuca, Bim, Chichita y Negrita. Todos vivieron en la casa de mis padres y llenaron nuestros días de amor incondicional y de instantes inolvidables. Todos fueron rescatados de la calle y adoptados. Perros sin pedigrí o “satos”, como los llama mi padre. Sin embargo, eran fuertes, cariñosos, inteligentes, fieles; el agradecimiento en la mirada; el amor que se demuestra sin palabras; sentimiento genuino de alguien que te puede salvar la vida a cambio de una única recompensa: el afecto.
Lo encontré en el paseo peatonal, corriendo asustado mientras otros perros que paseaban arropados por sus dueños le ladraban. Algunas personas se detuvieron para compadecerse y me confirmaron que él estaba solo. Unos pocos intentaron acercarse, pero él esquivaba cualquier tipo de roce. Evidentemente no confiaba en los seres humanos. Se me ocurrió que la única manera de lograr una aproximación sería ofreciéndole algo de comer. Así que, compré un bocadillo en una cafetería y salí a buscarlo.
Estaba tumbado en la acera, con la cabecita apoyada en sus patas delanteras. Me acerqué despacio y le hablé bajito. Se levantó y comenzó a acercarse, cauteloso, atraído por el olor de la comida. Pero, de repente, algo llamó su atención y salió disparado mientras movía alegremente la cola. Al parecer, aquel chico joven que le hablaba y le sonreía era su dueño. Me sentí aliviada. Mi pequeño vagabundo no estaba solo. Sin embargo, me había equivocado. El muchacho era tan solo un amigo ocasional que de vez en cuando le daba de comer y un poco de cariño.
Al día siguiente, mientras acompañaba a mi hijo al colegio, volví a verlo. Otra vez caminaba detrás de un enjambre de chiquillos risueños y parlanchines. Alzaba el hocico intentando, quizá, que la brisa matinal le trajera algún olor conocido y movía la cola ante la prisa indiferente de los padres que, esa hora de la mañana, se disponían a despedirse de sus hijos e irse al trabajo. Ese mismo día le escribí a una amiga que tenía perros adoptados, para pedirle el número de teléfono de alguna asociación de ayuda a los animales. Si no podía recoger a Manchitas, por lo menos intentaría buscarle un hogar.
Claro, he olvidado describir a mi pequeño vagabundo: flaco, más bien pequeño; blanco, con manchas color caramelo y una mirada dulcísima, de ojos castaños, generosos y profundos que me cautivaron desde el primer encuentro. Aunque probablemente no vuelva a verlo, jamás olvidaré aquella mirada.
Podría terminar esta historia con un happy end, como esos finales en los que el narrador dice: “y vivieron felices para siempre”; decir que decidí adoptarlo o que alguien lo hizo por mí y ahora Manchitas tiene un hogar donde lo tratan con respeto y cariño. Pero, esto no es un cuento de hadas. Es una historia real desde la primera hasta la última palabra. Lo cierto es que volví a verlo un día más, adormilado en el paseo peatonal, cerca de una cafetería donde la gente charlaba animadamente entre cafés y bocadillos. Mi hijo había salido del colegio y yo había traído unas salchichas para dárselas juntos. Manchitas olfateó la comida pero, al parecer, no tenía hambre. Nos miró agradecido, se dejó acariciar y continuó su siesta. Recuerdo que mi hijo, a pesar de mis argumentos, se enfadó mucho porque quería, de todas maneras, llevárselo a casa. Le prometí que mientras buscábamos una solución, le llevaríamos comida todos los días y le daríamos un poco de cariño y compañía. No pude convencerlo. Para un corazón infantil los razonamientos son más simples y también más profundos. Fue la última vez que vimos a Manchitas.
Me acuerdo de él cada vez que atravieso el paseo peatonal. El otro día me pareció verlo, con sus manchas color caramelo, su mirada intensa, agradeciéndonos aquel leve roce. Asomaba su cabecita por la ventanilla de un coche, olfateando un mundo caótico donde a veces es posible la ternura. Sentí nostalgia y alivio. Quería, necesitaba que fuera él. Así somos los humanos adultos, siempre dispuestos a encontrar un argumento convincente que nos exima del sentimiento de culpa.

Nota: Esta crónica fue escrita en julio del año 2010 y publicada en el periódico digital Canarias al Día. Ya Gabi había recogido a Manchita, el Tierno y a Azabache, la Bella, dos adorables criaturas que malvivían en una comunidad de gitanos. Manchita se marchó al cielo perruno después de vivir catorce años al lado de ella y de Andrés: dos personas generosas que lo cuidaron con muchísimo amor. Azabache, madre de Manchita y muy mayor ya, lo echa de menos y cada día va hasta el sitio donde está enterrado. Allí se queda tumbada, soñando con él y aspirando el olor del campo cántabro. Mi hijo, casi un hombre ya, ha sido voluntario en un refugio canino y si me despisto me llena la casa de perros abandonados. Estoy muy orgullosa de su buen corazón. Mis padres me transmitieron el amor y el respeto por los animales y creo que yo he hecho lo mismo con él. Dos criaturas de cuatro patas conviven con nosotros hoy. Fueron rescatadas de la calle. Tenemos poco espacio y poco dinero, pero el amor que vemos en sus ojos cada día al despertarnos hace que el mundo se convierta en un sitio más amable.

Belkys Rodríguez Blanco ©

jueves, 18 de agosto de 2016

La decisión de Amanda


Mientras ella lloraba su ausencia, él invitaba a sus amigos a una noche loca de marcha en un bar de la ciudad. Ella no lo sospechaba o quizás lo intuía, pero prefería seguir creyendo en el cuento de hadas que tanta veces leyó cuando era una niña. “Sé buena chica, Cenicienta, y tendrás zapatos de cristal y comerás perdices”, le oyó decir a la madrastra o a su psicólogo. No lo recuerda con exactitud porque la punzada en el alma era tan fuerte y la mentira tan burda que perdió el sentido y cayó rendida en los brazos de alguien que simulaba ser el príncipe azul. Decepcionada, Amanda se sacudió aquel mal sueño, se secó las lágrimas, cogió la guitarra y se puso a improvisar. Al carajo las calabazas que se convierten en carrozas y los ratones que se transforman en pajes. Ella no era Cenicienta y tampoco necesitaba un príncipe ni unos zapatos tan frágiles y costosos. Por eso, a las doce de la noche, dejó de componer letras tristes, se soltó la melena, se ató bien las zapatillas y se fue a hacer footing . Había aprendido que perder un zapato en el camino no le garantizaba encontrar el amor de su vida.


Belkys Rodríguez Blanco ©